Pero
vuelvo a 1953... cuando como todo provinciano debí hacer el
viaje bautismal de hollín de trenes de entonces a Santiago, atravesando la
noche como en un vientre materno hasta asomarse a la lívida madrugada de
boca amarga de la Estación Central. Por esos años el héroe poético de mi
generación era Pablo Neruda, que perseguido por el Traidor se dejaba
crecer barba y atravesaba a caballo la Cordillera y desde México lamentaba
que los jóvenes leyeron Residencia
en la tierra y llamaba a cantar con palabras sencillas al
hombre sencillo y en nombre del realismo socialista convocaba a los poetas
a construir el socialismo. Hijo de comunista, descendiente de agricultores
medianos o pobres y de artesanos, yo sentimentalmente sabía que la poesía
debía ser un instrumento de lucha y liberación y mis primeros amigos
poetas fueron los que en ese entonces seguían el ejemplo de Neruda y
luchaban por la Paz y escribían poesía social.
Pero
yo era incapaz de escribirla, y eso me creaba un sentimiento de culpa
que aún ahora suele perseguirme. Fácilmente podía ser entonces tratado de
poeta decadente, pero a mí me parece que la poesía no puede estar
subordinada a ideología alguna, aun cuando el poeta como hombre y
ciudadano (no quiero decir ciudadano elector, por supuesto) tiene derecho
a elegir la lucha a la torre de marfil o de madera o cemento. Ninguna
poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia social, pero su
belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias. Yo escribía
lo que me dictaba mi verdadero yo, el que trato de alcanzar en esta lucha
entre mí mismo y mi poesía, reflejada también en mi vida. Porque no
importa ser buen o mal poeta, escribir buenos malos versos, sino
transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra
el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos,
seguir escuchando el ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre.
Back to 1953... when, like every other provincial, I had to make the baptismal trip of train soot of those days to Santiago, crossing the night as though in a womb to peer into the livid bitter-mouthed dawn of Central Station. Back then the poetic hero of my generation was Pablo Neruda, who, pursued by the Traitor, had let his beard grow and crossed the Andes on horseback and in Mexico would bemoan young people's reading Residence on Earth and would call on poets to sing to simple man with simple words, and in the name of Socialist realism would call for poets to build socialism. The son of a Communist and descendant of middle or poor farmers and craftsmen, I emotionally knew that poetry ought to be an instrument of struggle and liberation, and my first poet friends were those who followed Neruda's example and fought for peace and wrote social poetry.
Yet I was incapable of writing it, and this produced a feeling of guilt that haunts me to this day. It was easy then to call me a decadent poet, but it seems to me that poetry cannot be subordinate to any ideology, even though poets, as individuals and citizens (I'm not talking about voting citizens, of course), have the right to choose the struggle over the ivory or wood or cement tower. No poetry has ever relieved hunger or remedied social injustices, but its beauty may help us survive every misfortune. I wrote what my true self dictated, the self I strive to reach in this struggle between myself and my poetry, reflected also in my life. For what matters is not whether we are good or bad poets, whether we write good or bad verses; what matters is becoming poets, overcoming the failure of everyday life, fighting against the crumbling universe, rejecting those values that are not poetic, continuing to listen to Keats's nightingale, which gives us joy forever.
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